La razón y la sin razón en la columnas de Edgar Zúñiga

En la obra de Edgar Zúñiga hay constancias que son esenciales. Este artista que con su amplia producción nos ha llevado por culturas ancestrales y futuristas, por pueblos que hablan a través de horcones y por mundos de máquinas que construyen utopías, nos presenta en esta ocasión, un conjunto de columnas de hierro que nos llevan a reflexionar sobre la naturaleza del ser humano. Es quizá paradójico que el más frío de los metales, en las manos de Zúñiga, se transforma en la materia ideal para hablarnos de la humanidad. Pero es quizá también esa paradoja el reto que impulsa al artista a  el material y convertirlo, con maestría técnica, en un elemento esencial de su discurso.

Desde la antigüedad griega los seres humanos se vieron así mismos y en el universo como dos naturalezas que funcionan en un equilibrio aparente: el orden y el caos, lo racional y lo irracional, el ethos y el pathos, el pensamiento científico y el espiritual, son algunos conceptos que hemos acuñado en el tiempo, para denominar esta dicotomía que somos los seres humanos y que impregnan todo nuestro quehacer. Con este conjunto de columnas, el artista nos invita a reflexionar una vez más sobre la esencia humana, esa incontrolable constante que mueve cada una de nuestras acciones.

Así materia y forma son elementos básicos que estructuran su discurso. Elementos que plasman los contrates entre lo vertical-geométrico y lo sinuoso-arrollador, entre lo perfecto y absoluto del un cubo y lo orgánico en inconstante de una raíz. Contrastes que trascienden la forma como lenguaje, para apropiarse de la semiótica de los materiales, haciendo de la piedra la representación de lo cósmico y primigenio, del metal la manifestación de lo tecnológico, de la madera, la naturaleza y la vida, del pictograma la sociablidad. A partir de estos contrates, se percibe la divergencia sobre la que Zúñiga ha trabajado a lo largo de toda su obra, la humanidad y la búsqueda constate del equilibrio entre los saberes que le son inherentes, pero que en la mayor parte de la historia parecen disociados: el saber aprendido y desarrollado y el saber intuitivo y ancestral.

La columna que explota, la que se desmiembra, la que se mantiene como geometría perfecta y la que se deconstruye, es el elemento que mantiene el orden entre estas dos naturalezas, es la constante que establece la armonía. Y digo armonía, porque la energía, la fuerza, la suavidad, la tensión y la maleabilidad que emanan estas obras, logran un equilibrio formal a partir de la verticalidad de las columnas. Son ellas el cuerpo donde habitan, es la edificación que las sostiene, es la médula, es el ser sobre el cual van y vienen la razón y la sin razón.

Verónica Zúñiga
Historiadora del Arte