Edgar Zúñiga: retro-futurismo e hipermodernismo

Edgar Zúñiga: retro-futurismo e hipermodernismo

En nuestra larga trayectoria humana de alrededor de 180000 años, las primeras manifestaciones registradas de expresión plástica aparecen en el registro arqueológico hace 40 000 años atrás, lo cual no significa que no existiera antes, aunque no se tenga evidencia de ello. De todos modos, parece ser que la capacidad de crear cultura simbólica es algo muy propio de los homínidos, y posiblemente un talento que compartíamos con otras especies cercanas al homo sapiens sapiens, por ejemplo los Neanderthal. El arte parece ser consubstancial a la naturaleza humana desde hace mucho tiempo atrás, y quizá desde nuestros orígenes. En todo caso, en la actualidad resulta imposible imaginar nuestra existencia humana desprovista de expresiones plásticas y artísticas. A la frecuente y absurda pregunta de ¿para qué sirve el arte?, la respuesta solo puede argumentar que se necesita del arte para ser plenamente humanos y para ejercitar y poner en práctica las capacidades estéticas y simbólicas innatas. Así, el arte no es una simple opción para las personas, sino una expresión ineludible e imprescindible de su condición humana, de la configuración y de los potenciales inherentes del cerebro.

Desde el Impresionismo y durante los comienzos de la Revolución Modernista a fines del siglo XIX, hasta el inicio del siglo XXI, la ampliación de las posibilidades de expresión estética en todas las ramas de la creación artística, pero sobre todo en las artes plásticas, ha sido notable. Y aunque mucho de lo que se llama “nuevo” no ha sido a menudo algo más que la reedición, con nuevos materiales y posibilidades tecnológicas de expresión simbólica y estética antes desconocidas, de exploraciones muy antiguas en este dominio por pueblos y culturas llamadas “primitivas” –y en general por civilizaciones no occidentales–, lo cierto es que desde el colapso gradual del neoclasicismo y de sus rígidos cánones de “belleza”, la “licencia poética” conquistada por los forjadores del arte no ha cesado de flexibilizarse; lo cual ha permitido la invasión cada vez más pronunciada y conspicua del mercantilismo y el lucro al mundo de la creación artística como sus motores fundamentales.

En el pasado estos factores incidieron sobre las artes de manera poderosa, pero nunca al extremo en que se observa en la actualidad. Aunque esto no ha destruido la producción artística por el goce íntimo de la creatividad como resorte primordial, el mercantilismo se ha convertido en una verdadera camisa de fuerza que oprime e impone sus espurios intereses a los artistas, aunque con frecuencia sea promovido y articulado por críticos y comentaristas de arte con fuertes intereses económicos, o bien por el mundo académico que en ocasiones es incapaz de tomar una distancia crítica y valerosa frente a los imperativos y modas impuestas por el mercado y por galerías que se conciben sobre todo como vitrinas para comprar y vender, etc.

Hoy en día el mercantilismo ha llegado a reemplazar al formalismo estético y al convencionalismo preciosista de antes de la emergencia del Modernismo en el mundo de las artes; en tanto se le considera parte del contexto coercitivo de la creatividad artística. Así, al aunarse la total libertad de expresión estética que se inaugura con el modernismo en las postrimerías del siglo XIX, con la prevalencia de los imperativos mercantilistas en el escenario del arte actual, productos que carecen en realidad de todo valor estético y semiótico trascendente consiguen alcanzar precios exorbitantes y redituar descomunales ganancias pecuniarias.

La transformación del arte en mercancía nunca había sido tan expedita ni tan drásticamente contraria a la posibilidad de generar expresiones artísticas que respondan más a la sensibilidad y a las aspiraciones de los creadores, y no solo a los mecanismos económicos que convierten una obra en un simple objeto para vender y comprar. Y esta intensa y acelerada conversión de valor simbólico –a veces de muy escaso valor en la realidad– en gran capital efectivo y mercantil, es hoy un fenómeno central que pervierte y distorsiona todo el universo de la creación estética. Ante esto, frecuentemente quienes deciden qué es arte y cuán bueno es, lo hacen a partir de consideraciones casi exclusivamente empresariales, con lo cual se promueve a artistas y a sus producciones con el exclusivo fin de cosechar los beneficios económicos que esto contrae.

Por esta razón, no es de extrañar que una gran parte del arte contemporáneo sea inescrutable, e incluso repulsivo para el gran público que en general

se mantiene por completo indiferente o con franco rechazo hacia un universo creativo que le resulta tan incomprensible como absurdo. Así, las “artes finas” se han tornado cada vez más elitistas y distantes de las grandes mayorías, las cuales se han convertido en cautivas de lo peor de la televisión y del cine, domina- das asimismo por los “ratings”, el consumismo y el mercantilismo más crasos. Esto es una cruel ironía, pues si el modernismo decimonónico deseaba inaugurar una nueva era en el arte, capaz de seducir con su libertad estética radical al gran público, y acabar con el arte en tanto una manifestación creativa elitista, amanerada, esnob y aburguesada, a la postre, quizás conduzca exactamente a lo contrario: a un arte aún más prisionero de demandas externas e imposiciones convencionales determinadas por actores sociales que deciden desde fuera del mundo de los creadores propiamente tales, y que determinan con absoluto arbitrio lo que puede o no estar en los salones de exhibición del arte en estos días, y qué artistas son buenos y deben alcanzar éxito, fama y fortuna.

Pero es mi convicción que la creación artística de calidad, comprometida en producir obras cuya motivación y razón de ser no estén dominadas desde su concepción hasta su realización por las demandas mercantiles de los “operadores del mundo del arte”, pues existe y existirá siempre; en especial cuando los artistas busquen satisfacer sobre todo su sensibilidad, consciencia e instintos creativos, colocándolos por encima de cualquier cálculo pequeño para lograr el “éxito”, según los criterios e intereses de los empresarios del arte y sus numerosos servidores y acólitos asociados. Uno de estos artistas actuales que combina un elevado sentido de compromiso histórico hacia las grandes causas de la emancipación humana, con inagotable creatividad, con audacia conceptual y plástica, y con un virtuosismo en el dominio de los materiales y sus formas, es el escultor, pintor y poeta Edgar Zúñiga Jiménez.

Nacido en un hogar de “clase media baja”, pero con sólidos valores humanos y solidarios, como el mismo artista lo define, Edgar Zúñiga encontró desde muy temprano su vocación artística de manera instintiva, y siguiendo quizá una vocación innata, pero motivado además por el trabajo de su padre, un reconocido escultor que vivía honorablemente de su obra en una época en la que eso era aún más difícil que en la actualidad.

Sin tener una educación formal en escultura y artes plásticas, Zúñiga avanza llevado por su habilidad natural y por su amor hacia la creación de formas tridimensionales con

todos los materiales que tiene a su disposición; agregando, además, la observación metódica, la invaluable experiencia de la prueba y el error, y el estudio autodidacta de todo lo que el artista, en ciernes, puede leer y aprender sobre el objeto de su pasión. Comenzó a una temprana edad con figuras para nacimientos y otra imaginería religiosa, pronto abrió sus alas y comenzó a explorar muchas otras posibilidades que se abren frente a él, a medida que domina con mayor maestría diversas técnicas y materiales. Es el comienzo de una carrera que no cesará de buscar y ampliar sus horizontes estéticos.

El arte no es más que una forma peculiar de comunicación social, la cual tiene un enorme poder derivado de su capacidad para acceder al inconsciente individual y colectivo a través de formas estéticas poseedoras de gran capacidad polisémica. Es en el uso, a menudo de forma intuitiva de este gran poder comunicativo, que ciertos artistas destacados consiguen brillar con luces de especial intensidad, y que los distinguen de quienes practican la creación estética. Pero la experiencia vital de los artistas, su posición en el mundo, sus relaciones con el entorno inmediato y lejano, y su sensibilidad ante las diversas contradicciones, desequilibrios e injusticias que informan la sociedad en la que vive y trabaja, juega un papel no menor en la escogencia de diversas técnicas, estilos, materiales y fuentes de inspiración que singularizan su producción artística. Para estos creadores ya no se trata meramente de plasmar y dar materialidad a un mundo interior, sino de hacerlo en conexión muy íntima y vital con el conjunto de la experiencia humana.

En ese último sentido, la trayectoria siempre en constante evolución de Zúñiga, pone de manifiesto no solo su pasión creativa inagotable, sino que también revela, con poderosa intensidad, el sentido que el artista tiene del drama histórico que palpita a su alrededor, y al cual se siente indisolublemente ligado como protagonista y observador de su era.

El arte para Edgar Zúñiga no es solo un vehículo de expresión estética, ya que se eleva en su obra concreta al de instrumento de comunicación social y política que no deja indiferente ni al observador especializado ni al público en general. En sus famosos horcones emergen los rostros de personajes míticos o comunes desde la noble y rústica organicidad de esas viejas vigas de madera que un día tuvieron una función eminentemente práctica, pero que parecieran estar comunicando alguna verdad secreta y olvidada en medio de la civilización del acero, el cemento, el plástico y el cristal.

Sí, allí están esos magníficos horcones tallados por la mano sabia de Edgar, para recordar que en la propia humanidad de carne y hueso, se manifiesta aún, y para siempre, la impronta de los orígenes naturales más allá de toda la artificialidad engañosa de la sociedad hipermoderna y consumista. Son una infinidad de rostros y figuras los que emergen en forma parcial de su vientre de madera antigua, y que hacen recordar esos lazos indisolubles que unen al ser humano con la naturaleza, y de la cual, al fin y al cabo, no somos más que una de sus infinitas posibilidades creativas.

En toda la obra de Zúñiga existe ese hilo conductor del ser humano brotando como en un parto que nunca acaba por completo, hacia su destino colectivo e individual a partir de la matriz eterna de lo natural, e intentando desprenderse de ella hacia un destino imaginario, solo para descubrir que después de todo no somos más que criaturas de aquello que queremos dejar atrás.

Esta faceta de la obra de Edgar nos recuerda de manera irremediable aquello que siempre llevamos con nosotros: nuestra condición de simples seres naturales, dotados quizá de una peculiar capacidad racional, pero portadores infinitos de nuestra radical animalidad.

Entre las muchas otras facetas de su obra, se ven plasmados los grandes mitos clásicos de la Grecia antigua, los cuales hablan de las tragedias de Sísifo y de Prometeo, castigados por los dioses por su propia audacia, y sometidos así a un destino inexorable que supera su voluntarismo heroico y al mismo tiempo aciago. Es posible que aquella famosa frase de Albert Camus en donde cita a Píndaro en el inicio de su ensayo sobre el mito de Sísifo, encierre una de las múltiples claves filosóficas que pueden conducirnos al alma misteriosa y profunda de la obra de Edgar Zúñiga:

”No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible.”

En los horcones también hay reminiscencias del arte totémico americano de épocas prehispánicas, y en esta veta expresiva se gesta una fusión entre raíces culturales pasadas cuya magnificencia nadie puede desestimar, y visiones de un presente tormentoso y de un futuro larval que pugna por existir. Es esta exploración retro-futurista la que se establece como una de las constantes en la obra escultórica del artista.

Sus esculturas a menudo se mecen sobre el péndulo de una experimentación creativa que busca una síntesis armoniosa entre los antecedentes culturales, los cuales nos definen como latinoamericanos, y que aún están vivos en nuestro subconsciente regional y colectivo, y el impacto de una modernización que no cesa sobre nuestras vidas y que constituye un desafío creciente, un cúmulo de peligros y, quizá, sea una oportunidad para llegar a un mundo mejor y más satisfactorio.

La obra de Zúñiga no intenta únicamente capturar y expresar al angst del hombre moderno, pues siempre hay una corriente positiva de esperanza que ilumina de forma muy particular gran parte de su trabajo escultórico; siempre se trata de seres en lucha, que se debaten contra enormes obstáculos e intentan vencer y sobreponerse al peso de todas aquellas fuerzas y poderes que los oprimen; de seres que no se rinden y luchan por ser y existir de una manera más plena que lo que este mundo les ofrece. Así, estas tensiones entre pasado y futuro, y entre voluntad de poder y el enorme lastre de la alienación, la injusticia y la opresión, constituyen un nudo dinámico que inspira muchas de las obras del escultor.

En este punto resulta indispensable señalar que la maestría de Zúñiga en la representación del cuerpo humano siempre alcanza niveles avanzados de perfección; y así, ese gran obstáculo que se interpone en la trayectoria de tantos artistas plásticos, y que constituye la representación fidedigna y estética del cuerpo humano, es uno que Edgar Zúñiga salva con soltura, fuerza y pleno dominio del arte. Su capacidad para mostrar el cuerpo en una gran variedad de posturas y a menudo en poses contorsionadas y de muy difícil dominio técnico, es tan extraordinaria como la que en otra época tuviera Auguste Rodin, lo cual le permite explorar un amplio espectro de posibilidades estéticas que hacen que su lenguaje escultórico sea tan variado y rico, como contundente.

No se puede olvidar que Zúñiga se forjó en la escuela de los grandes artistas del Renacimiento italiano, quienes alcanzaron la perfección profana y mundana en sus obras partiendo de lo sublime y trascendente. Sus años juveniles dedicados al arte de la imaginería religiosa lo dotaron de esa soltura técnica tan natural y espontánea característica de todo su trabajo y que, de manera muy clara, por momentos propone que su búsqueda de modalidades más abstractas de expresión artística no es una forma cómoda de evadir las exigencias técnicas del formalismo y la convención, sino que es lisa y llanamente un paso hacia otra dimensión estética; luego de haber dominado a cabalidad los fundamentos de la proporción tridimensional y de la representación escultórica realista del cuerpo humano.

Hay así un conjunto de esculturas de estilo expresionista-abstracto que pone de manifiesto la versatilidad de Zúñiga y su deseo por explorar numerosas avenidas de expresión estética diferentes, pero siempre agregando su inconfundible sello personal en todas y cada una de sus obras. Se trata de esculturas que se mimetizan a veces con señales de ruta y con inscripciones enigmáticas, y que en ocasiones incluyen rostros humanos; son obras que se articulan todavía con exploraciones en el campo de la representación figurativa, la cual es un núcleo estético que nunca desaparece por completo en la obra del artista. Incluso cuando el arte de Zúñiga se lanza por los derroteros del arte menos figurativo y genera máquinas y artefactos ajenos, en apariencia, a la representación de lo natural y propiamente humano, se puede percibir la preocupación del artista por nuestra condición existencial y social más inmediata y concreta. El escultor no se traiciona jamás y se mantiene en todas sus aventuras y experimentaciones estéticas perfectamente coherente con el corazón de su arte; lo cual no es más que sus motivaciones humanistas más profundas.

Los rostros, las manos y los pies de las esculturas de Zúñiga asumen proporciones a menudo desmesuradas, trágicas, apabullantes, intensas y de una belleza colindante con la rusticidad Edgar Zúñiga ha inventado, en su larga trayectoria artística, una modalidad también atemporal de arte retro futurista e hipermoderno a la que se ha aludido antes, y que con toda seguridad puede aspirar a una posteridad muy larga. En su conjunto, se trata de una obra sólida y hermosa que se nutre de una poesía inmanente y de largo aliento. No es arte pasajero, efímero o claudicante ante las modas y las presiones del mercado. Por el contrario, constituye una producción que está aquí para ser recordada, admirada, estudiada e imitada en forma creativa; es una obra que tanto en sus expresiones más minimalistas como en sus formas más barrocas y ornamentales, tanto en sus miniaturas como en sus esculturas monumentales, ha llegado de las manos, la mente y el espíritu de Edgar Zúñiga para quedarse entre nosotros, pues de seguro ha de desafiar el paso del tiempo al igual que esas creaciones de milenios que han viajado hasta nosotros desde la infancia de nuestra especie. Es una obra que se disfruta con la vista, pero que en su palpable sensualidad uno desea tocar con las manos, acariciarla, sentirla tal vez con los ojos cerrados para disfrutarla y percibir mejor aquella intensa vitalidad que brota de esa vasta gama de piezas, de ese enigmático y conmovedor universo nacido de la pasión estética de Edgar Zúñiga, gran artista de nuestra cósmica y volcánica América.

Miguel Baraona Cockerell

Dr. en Antropología por la Universidad de Texas en Austin-USA.

Sociólogo en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales-Francia