Construyendo un teatro de la memoria

Construyendo un teatro de la memoria

Edgar Zúñiga en su instalación, nos habla de una memoria viva. Memoria de la materia con la que trabaja, viejas vigas y horcones de casas que acogieron sueños y realidades de muchas generaciones. Memoria de una imaginería santuaria, de la cual su padre fue uno de los grandes maestros y, él mismo, un talentoso artífice. Así, casas desaparecidas renacen por las manos y cuerpos. Con estos fragmentos, él intenta reconstruir recuerdos de una cotidianeidad simple, que olvidamos en la avalancha de una sociedad de consumo que ciertamente nos consume a todos. En estos viejos pedazos de madera tosca y gastada, emerge una multitud anónima. Individuos que nos preguntan quiénes son y al mismo tiempo quiénes somos. Nos hablan de identidades perdidas o tal vez nunca encontradas.

Cuando nos cuestionamos sobre nuestra identidad y sobre nuestros más queridos recuerdos ¿qué estamos preguntando? sobre un pasado que, presente en nosotros, conduce nuestras opciones y nuestras posibilidades de construir un futuro. No hablo aquí de una memoria embalsamada en los museos, sirviendo de referencia a una historia que conserva privilegios de memorias. Me refiero a recuerdos vivos, capaces de competir en el descubrimiento de nuestros deseos más profundos.

Pienso, muchas veces, que la historia es una especie de relato colectivo que la humanidad realiza, a cada momento, de aquellos recuerdos que mejor le permiten estructurar supresente. así, socialmente, recurrir a la memoria es una forma de impedir la destrucción de nuestra identidad. Una identidad que existe en nosotros en cuanto ha historia vivida, en cuanto a cadena de generaciones, aunque la mayoría de las veces queramos construirla de manera artificial, en cuanto a ideologías y enmascaramientos.

En cada época, en cada lugar se recurre a diferentes usos de los recuerdos como forma de comprender o justificar el presente. Una de las tareas más urgentes de la contemporaneidad es el reconocimiento de identidades, principalmente en países sujetos a una condición de periferia y dominación. Los procesos de internacionalización de la cultura nos colocan frente a una renovación de los lazos de identidad cultural regional, pues los individuos buscan encontrar, en sus referencias locales anclas para sobrevivir a la homogeneidad que le es impuesto por la sociedad de consumo, en su afán de ampliar mercados.

Edgar Zúñiga, nos pregunta con su trabajo sobre qué identidad buscamos y él mismo responde, dentro de una vertiente del arte contemporáneo que procura reaccionar a los procesos de la estetización generalizada que arrasa nuestra sociedad en diversos niveles. Ejemplos de esta estetización, que domina nuestra realidad, pueden ser identificados en la industria de la publicidad, capaz de transformar cualquier tipo de producto en un prototipo de belleza y en signo de una forma de vida ideal. Para la publicidad, que cubre de bellas imágenes nuestra cotidianeidad, no existen personas feas o defectuosa, no existe pobreza o suciedad, el mundo se torna asépticamente perfecto la propia guerra se torna “bonita”, en sus formas televisivas. Ninguna imagen choca más al individuo envuelto por la protección visual de la sociedad del simulacro, como dice Boudrillard.

En este universo de imágenes, bellas y vacías, las artes plásticas desempeñan una ardua tarea: crear un corte en esta falsa perfección, remitiéndonos menos ideas, pero mucho más humano. Es a esta humanidad en sus aspectos más torpes y simples, que el arte nos quiere hacer volver de una humanidad perdida en un afán de falsas pretensiones. Por eso, los sectores más críticos de las artes plásticas rompen con los patrones clásicos del bello idealizado, por eso nos exponen lo feo, lo tosco, lo abyecto. Abdican de los caminos fáciles para arrojarnos en las profundidades del infierno, cual Dante en su Divina Comedia. Quieren descender nuevamente a las profundidades del alma humana, tarea difícil em un mundo de superficialidades promovidas por la sociedad del espectáculo y de la propaganda.

Este conjunto de formas visuales en profusión, que nos invade y nos traga anestesiando nuestra mirada, es un desafío para artistas como Edgar Zúñiga que intentan alejarnos de este vacío de significados, característicos de la imagen publicitaria. Como Gilbert Drurand afirma: “hay muchas formas de iconoclasmo”. Una por falta, puritana, es la de Bizancio… la otra, más insidiosa, es de algún modo, pos exceso. El iconoclasmo de la segunda especie, por exceso, por evaporación del sentido , fue el lineamento constituido y continuamente agravado de la cultura occidental. Para los sectores más críticos de las artes plásticas se impone la necesidad de interferir en este adormecimiento de la mirada, de revitalizar este sentido humano, tan solicitado y al mismo tiempo tan masacrado en la contemporaneidad.

Un tercer desafío con el cual Edgar se enfrenta es el de asumir a través de su trabajo, su condición de individuo en la sociedad. La modernidad colocó en el centro de los cuestionamientos artísticos, una serie de problemas relativos a su lenguaje, como medio de expresión. Hoy se puede pensar que ya se obtuvo en este ámbito una serie de conquistas.’ Provisto de ésta herramienta su lenguaje, el artista plástico hace de su discurso visual, un “estar en el mundo”. La palabra es un recurso del discurso simbólico, también la imagen puede serlo y así realizar un pensar del mundo semiótico.

En el cuadro de estos desafíos, Edgar Zúñiga, reconstruye con su instalación un universo de recuerdos colectivos, trayéndonos un relato intenso, no descriptivo pero sí poético; de este pasado que quisieron asesinar pero que sobrevive, bajo los trazos desubicados y condensados del arte; para reencontrar la vida.

La secuencia repetitiva de las maderas verticales, organizadas en conjuntos que se alternan a lo largo del tiempo, nos habla de una unidad imposible, sin embargo, deseada.

La casi monocromía del conjunto, no esconde la violencia de este épico confuso, que cuestiona la herejía cotidiana, que no conduce a los personajes a palcos y glorias, pero si los lanza destrozados en los abismos de su humanidad contradictoria. Los rostros y otros segmentos corporales, secuenciados e indiferentemente repetidos, nos trasmiten una sensación de ausente presencia, que es en el fondo también, una forma de negación de la individualidad del sujeto. Son historias escritas y re-escritas sin nombres, regresando al anonimato de los individuos y al cuestionamiento de su condición humana. Este arte puede revelarnos verdades desagradables, que nos gustaría olvidar, sobre nuestra condición común frente a una sociedad homogenizadora.

Pero, posibilita el retorno por el discurso de vivencias dolorosas, ocultas por mucho tiempo; ¿no sería una forma de asumir una identidad que, al nivel individual y colectivo, existe en nosotros, reprimida?.

¿No será ésta la tarea que Edgar nos propone con su trabajo?.

En la medida de que este talentoso artista, dueño de un dominio técnico en la talla en madera, capaz de elaborar figuras humanas realistas y detalladas, abandona esta maestría, para presentarnos este conjunto, que puede chocarnos por lo grotesco e incompleto de las imágenes, ¿no deberíamos preguntarnos por qué lo hace?

Cuando él arma en este espacioso “teatro de lo grotesco”, por donde nos lleva a pasear asustados, él intenta decirnos algo. Algo que huye el escepticismo de las bellas imágenes saturadas de la publicidad.

Por esto, aunque asustados, nos sentimos envueltos por este espacio que nos traga y nos hace partícipes de estas escenas que reviven un cotidiano.

Una invitación a recordar que, estas maderas gastadas, fueron partes de una arquitectura que abrigó vidas y sueños, que no sabemos si existen aún. Que ellas formaron parte de una tradición constructiva en extinción, de un mundo que desaparece, de un pasado predestinado al olvido. Un pasado al cual nos apegamos como una cuna acogedora, que querríamos permanezca, en nuestras memorias, límpido y perfecto.

Pero en este “palco de memorias”, Zúñiga intenta decirnos cuan contradictoria y ambigua puede ser esta identidad, a partir de la cual tenemos que construir nuestro futuro. Tal vez un futuro mejor, si tenemos el coraje de enfrentarnos con nuestros fantasmas como él lo hace.

María Amelia Bulhoes
Dra. Historia del Arte Universidad de Porto Alegre, Brasil