Edgar Zúñiga Jiménez

Escultor - Pintor Costarricense

Sobre el Escultor

La razón y la sin razón en la columnas de Edgar Zúñiga

En la obra de Edgar Zúñiga hay constancias que son esenciales. Este artista que con su amplia producción nos ha llevado por culturas ancestrales y futuristas, por pueblos que hablan a través de horcones y por mundos de máquinas que construyen utopías, nos presenta en esta ocasión, un conjunto de columnas de hierro que nos llevan a reflexionar sobre la naturaleza del ser humano. Es quizá paradójico que el más frío de los metales, en las manos de Zúñiga, se transforma en la materia ideal para hablarnos de la humanidad. Pero es quizá también esa paradoja el reto que impulsa al artista a resemantizar el material y convertirlo, con maestría técnica, en un elemento esencial de su discurso.

Desde la antigüedad griega los seres humanos se vieron así mismos y en el universo como dos naturalezas que funcionan en un equilibrio aparente: el orden y el caos, lo racional y lo irracional, el ethos y el pathos, el pensamiento científico y el espiritual, son algunos conceptos que hemos acuñado en el tiempo, para denominar esta dicotomía que somos los seres humanos y que impregnan todo nuestro quehacer. Con este conjunto de columnas, el artista nos invita a reflexionar una vez más sobre la esencia humana, esa incontrolable constante que mueve cada una de nuestras acciones.

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Proceso creativo en la obra de Edgar Zúñiga Jiménez

El artículo se inserta en el contexto del Proyecto de Investigación: “La disciplina del dibujo como herramienta cognitiva para el desarrollo y la visualización de ideas en el diseño gráfico dentro del contexto de la Sede Interuniversitaria de Alajuela”, que desarrolla la autora en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica.

Toda persona es potencialmente creativa por definición, es decir, que la creatividad es parte de la propia naturaleza del ser humano (Herrán, 2012; Esquivias, 2004 y Galvis, 2007). Desde un punto de vista general, el concepto de creatividad se relaciona con las diferentes capacidades que tiene una persona para enfrentarse a situaciones tanto cotidianas como complejas. Entre ellas se pueden mencionar: fluidez, flexibilidad, originalidad, habilidad para proponer soluciones de problemas, pensamiento divergente, apertura, espontaneidad, libertad, motivación intrínseca, tolerancia a la ambigüedad y a la frustración (Fuentes y Tejeda, 2013; Galvis, 2007 y González, Tejeda, Martínez y Pérez, 2007), entre miles de posibilidades más.

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Construyendo un teatro de la memoria

Edgar Zúñiga en su instalación, nos habla de una memoria viva. Memoria de la materia con la que trabaja, viejas vigas y horcones de casas que acogieron sueños y realidades de muchas generaciones. Memoria de una imaginería santuaria, de la cual su padre fue uno de los grandes maestros y, él mismo, un talentoso artífice. Así, casas desaparecidas renacen por las manos y cuerpos. Con estos fragmentos, él intenta reconstruir recuerdos de una cotidianeidad simple, que olvidamos en la avalancha de una sociedad de consumo que ciertamente nos consume a todos. En estos viejos pedazos de madera tosca y gastada, emerge una multitud anónima. Individuos que nos preguntan quiénes son y al mismo tiempo quiénes somos. Nos hablan de identidades perdidas o tal vez nunca encontradas.

Cuando nos cuestionamos sobre nuestra identidad y sobre nuestros más queridos recuerdos ¿qué estamos preguntando? sobre un pasado que, presente en nosotros, conduce nuestras opciones y nuestras posibilidades de construir un futuro. No hablo aquí de una memoria embalsamada en los museos, sirviendo de referencia a una historia que conserva privilegios de memorias. Me refiero a recuerdos vivos, capaces de competir en el descubrimiento de nuestros deseos más profundos.

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De horcones y otras ceremonias del espacio

Los horcones intervenidos por Edgar Zúñiga cumplieron funciones constructivas, pero ahora dan figura a una memoria y a la cita humana con el porvenir. Ayer fungían sus labores verticales: sostenían vigas o techos, daban confianza y estabilidad a los moradores de una casa, servían de sostén al techo de un cobertizo, se erguían para delinear esquinas y rincones del hogar. Subyugada por tales funciones prácticas, sus vetas solo eran cualidades de una materia dura y rayada por el tiempo; pero también eran el trabajo de manos curtidas, legados de ruda simplicidad.

El artista decidió redefinir esa verdad, y consecuentemente honró con su arte a los aserradores o al carpintero que, sirviéndose de arriostres y soleras, aplomó esos maderos y los colocó derechos para apoyar con ellos un alero o un tejado.

En varios casos, Zúñiga talló pliegues en el horcón o acentuó huellas de color en él. Así como los ornamentos, la espacialidad y otras exigencias propias de la casa o del edificio; la intención de Zúñiga transformó el material y la forma, también trocó su singularidad en el cuerpo y la vinculó imaginariamente con el entorno. En otros casos, el escultor halló ocasiones para horadar en el tronco, buscando habitantes secretos: hay un madero donde habita cierta boca en actitud perpleja, y a veces la gubia de este artista ha sabido esculpir gritos imaginarios y ansias aparentes. En una secuencia temática he visto algún rostro entristecido, con una aplicación metálica en la mejilla, con la cual, no sabe si el escultor refleja allí una pasión cibernética (el tema del cyborg) o si acusa del futuro ciertas amenazas.

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Supuestos imposibles: Entre lo figurativo y lo abstracto. Escultura conmemorativa y ambiental de Edgar Zúñiga Jiménez

En el universo de las artes visuales el acercarse al estudio de la escultura supone siempre un gran reto no solo por la diversidad de tipologías y formatos que la identifican, sino porque, a diferencia de lo ocurrido con otras prácticas creativas, no suele ser objeto de la misma atención.

Sin embargo, a pesar de este frecuente desplazamiento, la escultura ha recorrido un largo camino de transformaciones e innovaciones en su discurso, las cuales constituyen valiosas contribuciones a la percepción estética contemporánea. La superposición entre tradición y contemporaneidad que ha caracterizado su repertorio sígnico y el rol desempeñado por esta manifestación como agente de cambio del entorno, explica su sobrevivencia y la innegable solidez de su autonomía.

Desde sus orígenes, la escultura presente en la historia del ser humano ha sido invariablemente un recurso de representación de la trascendencia. Dioses, seres sobrenaturales, fetiches y ciclos vitales, repetidamente aludidos en diferentes tipologías, nos revelan una visión cosmogónica asociada a la vida eterna con la que suele relacionarse el ser humano cuando sus acciones terrenales son reconocidas como imperecederas.

Como parte de la pluralidad de sus funciones, Edgar Zúñiga ha recorrido todas las escalas, ha experimentado con los más diversos materiales, ha explorado en lo figurativo y en lo abstracto, ha dialogado con el espacio privado y con el espacio público, y enfrentando, en este último, uno de sus mayores retos.

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